La cámara oscura

Sergio Blancafort/ Executive Coach CPCC

Decidí inscribirme en el Programa de Certificación a las pocas semanas de haber terminado el último curso del Core-Currículum. Tenía ocho clientes y me sentía orgulloso de mis sesiones. Invertía en ellas mucha energía, probando todos los recursos a mi alcance, con la intención de proporcionar a mis coachees el mayor de los aprendizajes y a mí mismo, la inestimable certeza de considerarme válido, capaz y profesionalmente justificado.

Al acercarme al lugar de mis citas sentía un nudo en la garganta. Un miedo reconocible y antiguo, el miedo a fallar, me hacía sentirme inseguro y falto de recursos pero, roto aquel hielo, la conexión con el cliente soltaba amarras y el coaching se producía de forma satisfactoria. En realidad, estaba demasiado orientado al resultado, pero aún no me había dado cuenta de eso, así que no anticipemos acontecimientos…

Establecida dicha conexión e iniciados los primeros hallazgos, una capacidad de análisis sorprendentemente locuaz ponía a prueba de nuevo mi autogestión, solo que ahora en sentido inverso. No era esta vez el miedo a fallar, sino mi excesiva presencia lo que amenazaba con anegar ese espacio franco y libre de aranceles donde debe producirse el silencio. Lejos aún de comprender la vastedad del campo semántico de la palabra autogestión, me contentaba con maniobrar prudentemente, con el manual en la mano, limitándome a cerrar la boca, cuando me descubría a mi mismo a punto de confiarle a mi cliente una explicación, un juicio o un consejo. Era consciente de que tenía mucho que aprender para dar el 100% como coach, así que me matriculé en el curso de Certificación con la sana intención de incorporar más conocimientos y hacer mías las herramientas que aún no dominaba.

Con esa idea asistí a la primera llamada en la que nos conocimos todos los participantes y empecé a familiarizarme con los elementos y materiales de apoyo del Programa. El desconcierto que me produjo todo lo relacionado con las llamadas, las tríadas, las supervisiones grupales e individuales y sobre todo, el proceso de actualización de ejercicios y estadísticas en la plataforma Icohere, me sumió en una extraña indefensión. ¿Que pasaba ahora para que saltara esa resistencia en mi cuadro de luces?. ¿A caso había perdido la costumbre de reparar fusibles?

Establecimos la alianza de la comunidad de aprendizaje, después de la sesión informativa. La mayoría de los asistentes nos escuchábamos por primera vez. Éramos por tanto unos desconocidos, así que ninguno de nosotros nos mostramos especialmente originales, ni probablemente demasiado sinceros. Hacer partícipes a los demás de nuestras expectativas implícitas de forma explícita resulta un tanto “deliberado” para los usos de nuestra civilización occidental. Por descontado que no hubo voluntad de engañar por parte de nadie, pero es tan poco habitual mostrarse, de buenas a primeras, abierto y sincero que, cuando se nos pide que lo hagamos, resulta difícil mirar al lado correcto. Además, todos nos consideramos perfectamente capaces de proporcionar a los demás pistas suficientes como para que intuyan quienes somos, que es lo que esperamos y que estamos dispuestos a dar a cambio. El hecho de que, como consecuencia de ello, seamos muchas veces incomprendidos o malinterpretados, nos permite, además, sentirnos culpables, rechazados, menospreciados y un sinfín de despropósitos más que contribuyen generosamente a mantener viva nuestra relación con los saboteadores. Así que yo, por ejemplo, durante esa primera llamada de pod, destinada a diseñar la comunidad de aprendizaje, manifesté un sincero deseo de que se respetara mi escasa participación, debido a mi dificultad para hablar en grupo cuando, en realidad, no solo fui el primero en ofrecerme como voluntario, asumiendo el rol de coach, supervisor o cliente, alternativamente, sino que durante las 25 semanas que siguieron, tuve que morderme la lengua mas de una vez para no intervenir en exceso en las llamadas de grupo.

La alianza se impuso pues como un boomerang que, de regreso, nos proporcionaba una buena oportunidad para echarle un primer vistazo a lo que llevábamos en nuestras mochilas.

La revisión de los principios y contextos que se realizaba, semana sí semana no, durante las llamadas de grupo, me hacían descubrir sin embargo, hasta que punto estaba haciendo uso de ellos en mi coaching de forma incompleta. Me daba cuenta de lo mucho que me faltaba y eso me producía frustración. Sentía que estaba a años luz de hacer un uso apropiado del modelo, que no había asimilado por completo ninguno de los principios ni actuaba sólidamente desde los cuatro pilares fundamentales del modelo coactivo y que, siendo tanto lo que me quedaba por asimilar, necesitaría por lo menos 15 años para poder presentarme al examen.

Cada uno de los enfoques que iba incorporando sobre lo ya aprendido, constituía para mi un desaprendizaje, más que un aprendizaje en sí. En realidad, no era esto lo que esperaba de ese curso, no estaba aprendiendo nada nuevo, sino poniendo en cuestión el modo de utilizar lo que ya sabía, y el trabajo con mis clientes empezó a resentirse. Perdí algunos de ellos y, aunque se incorporaron otros, mi sensación era en general mucho menos satisfactoria.

Me daba cuenta de que las supervisiones grupales iban levantando una especie de piel gruesa que se había formado entorno a mis sentidos y emociones, una costra de creencias, y también este efecto contribuía a sacarme del espacio seguro de mis asunciones personales, sin llevarme exactamente a ningún lugar. Me sentía perdido. Por su parte, las supervisiones individuales, que empezaron siendo alentadoras, suponían cada vez mas un desafío. Mi sensación era de ir para atrás, en lugar de hacerlo hacia delante, y las calificaciones que recibía en ellas parecían confirmar esa impresión. Había establecido una alianza con mi supervisora individual en la que nos comprometíamos a avanzar desde lo que era posible y lo que era mejorable, asentando lo que podríamos considerar como una alianza constructiva, y eso fue así durante la primera y segunda supervisión individuales, pero desde luego no en la tercera. Aún no se con exactitud cual fue el resorte que pulsó el torpedo que sumergió mis últimas resistencias por debajo de la línea de flotación durante aquella tercera supervisión, pero había sido tocado, tocado y hundido.

Una semana después, tendría lugar mi llamada de mitad de Certificación con mi líder de pod. Estaba metido de lleno en el pozo. No fue una sorpresa que mi cpl valorara positivamente mi evolución dentro del curso y me considerara un buen participante; yo ya sabía que había trabajado, pero ni siquiera su respaldo consiguió hacerme sentir mejor. Nada era como antes. Yo no me sentía como antes, ni veía el coaching de la misma forma. Mis sesiones eran mas difíciles y tampoco disfrutaba igual; había perdido frescura, me sentía maniatado por una autocrítica feroz que me inmovilizaba las manos, como unas esposas invisibles, y me obligaba a avanzar por un estrecho pasillo, con los hombros encogidos, sin posibilidad de maniobra. Un pasillo sin ventanas en el que las aberturas estaban demasiado altas o eran demasiado estrechas como para poder asomarme a ellas y mucho menos aupar a mis clientes hasta el otro lado. Todavía no sabía que era lo que me faltaba para recobrar la fé en mi mismo y la ilusión necesaria para seguir aprendiendo, había tocado fondo.

Estaba en un punto en el que hubiera podido abandonar el curso. Algo se había rebelado con tanta fuerza en mi interior que me tenía cogido por la solapa, diciéndome a la cara que eso no era para mi, que ya había tenido suficiente. Pero también estaban las llamadas de grupo, los compañeros de certificación, la preparación de las mismas, que me encantaban… y los clientes! Mis clientes apreciaban lo que ocurría en nuestra sesiones! ¿Y si me dejaba ir y me limitaba a estar presente, junto a ellos…? La aceptación de esa eventualidad fue un momento crucial en mi proceso. Aún sin saberlo, estaba a punto de rehacer mi propia alianza entorno a ello. Podía fallar o no fallar y eso no iba a importarme lo mas mínimo; bastaría con permanecer junto al cliente y dejarme conducir por él a donde éste quisiera. Con curiosidad pero sin expectativas, sin esfuerzo, deseando tan solo acompañar su parte mas auténtica. Así que, sin darme cuenta, empecé a dejar de preocuparme por lo que le faltaba a mi coaching y a cuestionarme, por primera vez, lo que quizás le estaba sobrando. El ascenso no fue instantáneo, desde luego, y tampoco en el momento fui del todo consciente del proceso que estaba viviendo, pero mis supervisiones individuales parecían adivinar ese nueva ruta y dejaron de darme la espalda. Había entrado en la oscuridad de la cámara con una imagen ciega de lo que estaba sucediendo y, después de una sesión de revelado, tenía ahora en mis manos una nueva visión, el resultado de todo un proceso.

Por Sergio Blancafort/ Executive Coach CPCC

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