Relato General de los Nuevos Tiempos. La economía (parte 3 de 5)

Marià Moreno

Marià Moreno / Socio Director Building Communities y autor del libro Construir Comunidad.

(Si te perdiste la segunda parte, puedes leerla aquí. Los procesos sociales)

Los Nuevos Tiempos han actuado de forma más que notable sobre la economía, aportando propuestas transformadoras que se inician con su finalidad, y prosiguen con el mercado, la empresa, el trabajo, la riqueza o el sistema financiero. Asimismo, el entero desarrollo económico se considera vinculado al adecuado uso de los recursos naturales y al cuidado del planeta. En este ámbito, la actuación se basa en un exigente desarrollo del sentido de la proporción y de la armonía, que se concreta en la incorporación permanente de la sostenibilidad en todo hecho económico, lo que lleva a la afirmación de que la economía debe ser siempre una auténtica Economía de la Tierra.

Las comunidades han logrado invertir la relación que previamente imperaba entre los modelos social y económico, poniendo el segundo claramente al servicio del primero. Los narradores exponen reiteradamente como las personas les decían que las cuestiones económicas eran así, simplemente porque ellas habían decidido vivir como lo hacían. El propósito de vida en común de las personas, qué quieren hacer y cómo lo quieren hacer, es el que construye la acción económica, sin que para ello nada resulte impensable, ya que han aprendido que ser capaces de concebir algo es el primer paso para hacerlo real.

La Cohesión Social

Los Nuevos Tiempos determinan que la cohesión social es el propósito y finalidad última de la economía. La cohesión social es más importante que el enriquecimiento, y por eso el objetivo de la actividad económica se orienta hacia su logro y como consecuencia natural a la reducción de la desigualdad.

Concebir la economía al servicio permanente del interés colectivo, sin que eso fuera llevado a cabo de forma colectivista, supuso un apasionante reto. Es más que probable que fuera en el plano económico donde la conciliación entre libertad individual y finalidad común requirió de una mayor agudeza. Sin embargo la inteligencia colectiva supo encontrar, una vez más, respuestas para cada una de las preguntas.

Resulta indudable que el primer paso hacia el éxito fue la capacidad de concebir la posibilidad real de que el móvil económico individual y colectivo pudiera ser siempre conciliado. La capacidad, en definitiva, de entender que cada unidad económica forma parte de un todo que es capaz de sostenerla indefinidamente cuando unidad y todo alinean su propósito. Quizás fuera en la economía donde los Nuevos Tiempos necesitaron iniciarse, antes que en cualquier otro lugar, en la mente de las personas.

Las Falsas Verdades

El desarrollo natural del propósito transformador llevó aparejado el cuestionamiento profundo del modelo económico imperante. De manera inmediata se puso en duda la existencia de verdades naturales de la economía que no se podían contravenir y que impedían la realización de cambios reales. Se afirmó que tanto la economía como los modelos económicos son construcciones conscientes al servicio de quienes los impulsan, son tan solo una posibilidad y ciertamente lo que se ponía en marcha iba a demostrar que esas supuestas verdades no lo eran en absoluto.

Una primera “verdad” rechazada fue el lucro individual ilimitado como único motor posible de la economía, para eso bastó con observar la existencia de modelos alternativos, como el cooperativismo, que ya lograban alcanzar en algunos lugares una notable representación. Con todo, eso no significaba cuestionar la legitimidad de la recompensa derivada del esfuerzo personal. También ha quedado demostrado cuan inexacta era la afirmación de que todos los recursos son escasos. Una afirmación que prácticamente trataba de justificar la dinámica económica universal, además de la permanente, y muchas veces cruenta, lucha por los mismos. Resultaba mucho más cierto que había sido la expansión del conocimiento, alcanzando a través de la colaboración cada vez a más seres, la que había resultado ser la clave de la generación de las respuestas necesarias para el progreso humano general, lo que incluía las soluciones ante la supuesta objetividad de la escasez de un recurso.

Al mismo tiempo numerosas voces llegaron a la conclusión de que, en muchas ocasiones, lo que daba sentido al concepto de recurso escaso o abundante no era tanto el recurso en sí mismo, sino que eso dependía mucho más de si su dominio se encontraba en manos de pocos, en régimen de monopolio o oligopolio, o de si, por el contrario, estaba disperso o en poder de muchos. Este nuevo convencimiento llevó inmediatamente a la acción, de forma que de manera acelerada se extendió el rechazo frontal a la utilización de cualquier recurso, tanto natural como de conocimiento, cuyo poder estuviera concentrado. Esta opción, especialmente relevante en el ámbito energético, se constituyó inmediatamente en una más que importante oportunidad en el plano económico, ya que dinamizó de manera consciente numerosas iniciativas orientadas a satisfacer el nuevo deseo generalizado, que con diferentes variantes podía ser expresado así: “Dejar atrás un recurso escaso, en poder de pocos, para utilizar un recurso abundante, en poder de muchos, es siempre un paso cierto hacia el progreso de la libertad”.

El Mercado

Los Nuevos Tiempos mantienen, siempre con matices locales, una estructura básica de intercambio de bienes y servicios basada en el mercado. Si bien, se contempla la exclusión del mismo de determinadas cuestiones partiendo de dos criterios centrales. El primero derivado de asegurar el acceso a todas las personas, ocupando la educación y la sanidad normalmente un lugar en este grupo. El segundo criterio se basa en la consideración de que determinadas actividades deben ser de naturaleza exclusivamente pública, algunos ejemplos de sectores que pueden formar parte de este grupo son el energético, los servicios sociales o la producción de medicamentos. El rango de exclusiones debido a este segundo criterio puede ser relativamente amplio en algunos lugares o más reducido en otros, ya que la diversidad se hace patente y es cada comunidad la que muestra su criterio sobre qué debe quedar fuera del mercado.

En tanto y cuanto cada comunidad ha excluido las actividades en las que considera que el mercado no resulta competente, la incidencia de las posibles distorsiones debidas a su funcionamiento incorrecto va resultando menor. Con todo, sí es posible considerar todavía que la irresponsabilidad de algunos de sus agentes podrían condicionar el objeto último de la nueva visión económica, por tanto, el mercado es objeto de una permanente observación a través de los denominados Organismos Reguladores de Mercado, que tienen por misión corregir cualquier deriva que lo aleje de un funcionamiento plenamente coherente con el objetivo de la economía.

Todo y la obviedad de que esos agentes de mercado estaban conformados por los mismos seres que alentaban el tránsito, fue necesario un importante aprendizaje tras el que quedó claro que solo podían permanecer en el mercado quienes habían aceptado plenamente que la cooperación es un instrumento superior a la competencia, y también, que dado que la actuación externa no es más que un reflejo de la interna, nadie y tampoco ninguna empresa, puede lograr ser visto de manera permanente de una forma diferente a como realmente es. Esta última cuestión resulta del todo relevante ya que en los Nuevos Tiempos la garante real y última de la actuación del mercado es la persona consumidora. Ella dispone de la más amplia información sobre la empresa y los productos que consume, jugando aquí nuevamente las Nuevas Tecnologías un papel fundamental. Si decidiera retroceder en su actuación y obviar aspectos relevantes respecto a la empresa o su producto, nada podría detener el deterioro del mercado, de la misma forma que nada pudo detener la llegada a la situación actual tras decidir esa misma persona consumidora que su consumo estaría conectado con su conciencia. Todo descansa sobre el acto individual consciente y coherente.

La Empresa

Los Nuevos Tiempos consideran que la iniciativa de las personas es la primera garantía del progreso común, y que esa iniciativa puede y debe canalizarse a través del emprendimiento empresarial cuyo objeto es proveer bienes y servicios demandados por el conjunto social. Este planteamiento asume plenamente la necesidad de la existencia de la empresa. La nueva visión aportada se basa en considerar que si bien el objeto de la empresa no sufre una variación significativa, sí se da respecto a su objetivo, ya que la empresa solo tiene sentido al servicio del mismo fin que la economía: el logro de la cohesión social.

El desarrollo de empresas alineadas con la transformación ocupó de manera significativa a las primeras oleadas de personas que, tras despertar su conciencia, quisieron llevarla al plano empresarial. Ellas destacaron por sus propuestas claramente orientadas al bien común. Fueron empresas precursoras de lo que seguiría, ya que supieron ser ejemplos reales del hecho de que conciliar todos los retos no solo era posible, sino lo único que realmente daba sentido a aquello que se estaba haciendo. Con su acción, generaron modelos sobre los que pudieron construirse los que después han llevado a la empresa a su actual papel de activa y leal dinamizadora de la nueva economía.

Las empresas pioneras fueron aquellas que supieron detectar en el mercado la presencia, novedosa y consistente, de personas que planteaban de manera rotunda que su conciencia, en adelante, iba a ser decisiva para su consumo. Ellas estaban activando una de las tres formas fundamentales en el que el despertar de la conciencia se materializaba: a través del consumo. De la misma forma que las formaciones políticas clásicas consideraron que las candidaturas de prestigio podían ser una moda pasajera, un buen número de empresas no supieron ver que estaba ocurriendo porque siguieron considerando que los factores clásicos, y singularmente el precio, serían siempre decisivos, es por ello que actuaron con cierto retraso y algunas de ellas desaparecieron, pero fueron las más las que supieron incorporar el aprendizaje necesario para permanecer en el mercado.

En el tránsito, la empresa recibía su primer encargo, ser capaz de aportar a los consumidores bienes y servicios, concebidos, desarrollados, comercializados, y en suma, ofertados desde el soporte a los valores universales que empujaban la nueva construcción social. Supo hacerlo y a eso contribuyó decisivamente que el mercado donde se encontraban esos consumidores se estaba convirtiendo en el gran mercado, en el único mercado relevante.

No acabaron aquí los encargos a la empresa, ya que la misma también debía demostrar que su objetivo era lograr la cohesión social. Nuevamente fueron necesarios numerosos ensayos y nuevamente las comunidades mostraron diferentes formas de considerar que la empresa lo estaba haciendo. Entre otras iniciativas, se fijaron especiales condiciones para la distribución de beneficios, aparecieron límites respecto a los rangos salariales, se generalizó el requerimiento de la que empresa demostrara el apoyo efectivo a la economía local, y fue especialmente relevante la necesidad de demostrar la homogeneidad universal de las condiciones en que se generaba la oferta, de forma que todos los productos presentes en un mercado estuvieran dotados con similares criterios sociales. El precio de un producto no podía, en forma alguna, basarse en una dejación de lo que todos consideraban bueno para todos en cualquier lugar del planeta.

Siempre con variantes locales, se puede afirmar que una primera etapa fue cubierta a través de la manifestación espontánea de la empresa, que aportaba públicamente los medios de prueba y evaluación que consideraba oportunos. Esto fue seguido por la exhibición de una etiqueta que validaba la contribución a la cohesión social. La gestión de esa etiqueta corría a cargo de un Organismo Regulador de Mercado. Esta etapa sirvió para desarrollar el aprendizaje suficiente respecto a una evaluación objetiva, lo que dio paso a la etapa actual donde todas las empresas, como condición necesaria para actuar en el mercado, someten a la evaluación del Organismo Regulador su contribución, de la misma forma que hacen públicas sus cuentas. Una evaluación negativa por parte del Organismo Regulador supone la imposibilidad inmediata de permanecer en el mercado.

En tanto que expresión de dinamismo personal, la propiedad de la empresa se ha mantenido siempre en una perspectiva de libertad, por lo que cualquier persona o grupo de personas pueden ser sus propietarios, si bien la reformulación del objetivo de la empresa generó de manera espontánea un aumento exponencial de las diversas formas de emprendimiento colectivo, siendo el cooperativismo la más desarrollada. La empresa se somete a la misma cuestión relativa al tamaño, de forma que el mismo no pueda ni alterar el mercado, ni constituirse en un poder que pueda condicionar el gobierno democrático de una comunidad.

El Trabajo

El trabajo es concebido en los Nuevos Tiempos desde una perspectiva netamente humana, asumiendo plenamente la consideración de que es el trabajo el que debe adecuarse a las necesidades del ser humano. El trabajo es la fórmula universal para que cada persona pueda acceder a los medios que le permitan desarrollar una vida digna, y está sujeto a todos los derechos que se derivan de ello y asimismo está sujeto al esfuerzo.

La cohesión social y la disminución de la desigualdad es concebida como el fruto del esfuerzo orientado de las personas, que desde su libertad intervienen en los hechos económicos al servicio de esos objetivos. Una consecuencia clara es el reconocimiento del valor del esfuerzo individual ya que es la sociedad, lo colectivo, el primer beneficiario del mismo.

Siempre con variantes y matices, las comunidades consideran que la capacidad de esfuerzo es una de las principales cualidades humanas, y que por tanto privar a alguien de ejercer esa capacidad planteando el riesgo de adocenamiento de la satisfacción de sus necesidades, significa también privarle de parte de su humanidad. Al mismo tiempo, colectivos específicos de personas, sobre los que en cada comunidad se ha llegado a un amplio consenso, quedan fuera de toda consideración de encontrarse en riesgo de adocenamiento, siendo en esos casos el ofrecimiento del mayor apoyo y garantías posibles una muestra inequívoca de progreso.

El trabajo, al estar sometido al principio de esfuerzo no está garantizado, de la misma forma que no lo está renta alguna. Los Nuevos Tiempos protagonizan la mayor manifestación educadora de la historia de la humanidad, asimismo las empresas se alinean decididamente con sus personas, al tiempo que la legislación presta el debido soporte, y todo resulta coherente y posible, pero es siempre la persona la que debe realizar la mayor aportación. Las comunidades han acuñado una expresión para sintetizar su propósito: “Garantizar la oportunidad no quiere decir garantizar el resultado. Nada puede ser indiferente al esfuerzo”.

Hasta llegar a esa síntesis el debate fue muy importante, eso hace que sea posible encontrar algunas soluciones con un perfil más garantista que otras. La cuestión central debatida fue el temor de que la ausencia de garantía de empleo y renta, provocara una actitud mucho más agresiva, particularmente en las empresas, y su actuación en las actividades económicas denotara esa misma agresividad. Asimismo se dudaba de si debía garantizarse empleo y renta mínima por considerarlos derechos vinculados a la ciudadanía. El resultado final fue asumir el riesgo respecto a la actuación de las empresas teniendo en cuenta que los responsables últimos de lo que ellas hicieran serían las personas consumidoras. Todo se construye por todos en cada momento. Respecto a la segunda cuestión se consideró finalmente que garantizar la oportunidad era el derecho que debía ser protegido.

En cualquier caso, se mantiene que en el ámbito del trabajo es donde una persona puede observar con claridad la relación entre causa y efecto, y que resulta evidente que si la seguridad lo preside todo en todo momento, podría gozar del efecto sin llegar a percibir cual es la causa real del mismo.

La Riqueza

Es fácil reconocer lo que puede denominarse como una prevención general de los Nuevos Tiempos respecto a la riqueza y particularmente respecto a la riqueza ilimitada. No puede ser de otra manera ya que la extrema riqueza carece de todo sentido de la proporción y de la armonía.

Las comunidades, una vez más con variantes, consideran que una persona puede en función de su esfuerzo alcanzar un mayor nivel de riqueza que otra. Así, en tanto que dependa de su trabajo, no limita ese nivel más que en lo que ya se deriva de la existencia de las horquillas que regulan las diferencias salariales. Una persona puede enriquecerse como fruto de su trabajo ya que eso puede ser una consecuencia natural de su esfuerzo.

La vinculación del concepto de esfuerzo al trabajo es directa, pero no se reconoce eso, en absoluto, en la idea de renta. De forma que es absolutamente extraña la posibilidad de que alguien base su economía, o la de su familia, en el disfrute de rentas. Contando con ese criterio, está muy extendida la limitación del porcentaje de ingresos que pueden percibirse provenientes de rentas respecto a los ingresos totales, dándose planteamientos claramente restrictivos en algunos lugares y algo más abiertos en otros, pero que persiguen la misma finalidad: resulta legítimo que el esfuerzo aporte riqueza a la persona pero no lo es, en ningún caso, la riqueza sin esfuerzo.

Los Nuevos Tiempos rechazan frontalmente la especulación por su total ausencia de esfuerzo. La especulación no puede ser contemplada desde ninguna de las nuevas perspectivas, ya que la necesidad de que alguien pierda para que alguien gane no encaja en forma alguna en el objetivo de que todos ganen.

La vinculación de la posibilidad de riqueza al trabajo y la limitación de las rentas del capital, planteó interesantes objeciones derivadas de que eso supusiera la imposibilidad de acumular el capital necesario para que las empresas se desarrollaran. La respuesta se inició desde la observación de la situación de partida. Una situación en la que podía reconocerse el hecho de que unos pocos controlaban y manejaban grandes sumas, pero en la que al mismo tiempo muchas grandes empresas ya habían dividido su capital en minúsculas fracciones que eran propiedad de millones de personas. Esto era así al punto de que podía llegar a afirmarse que, en cierta forma, las grandes empresas ya eran de propiedad colectiva, por tanto lo que debía hacerse era canalizar esa gran capacidad de acumulación hacia el destino definido por todos. Un aspecto también significativo era que el mutualismo, una acción que se alineó de manera especial con la transformación, ya demostraba su capacidad para aunar voluntad y dinero procedente de un gran número de mutualistas.

Una consecuencia directa de la prevención sobre la riqueza ilimitada es la definición de una severa restricción en los derechos de herencia, ya que este puede ser el método central para que alguien, sólo por mérito de familia, pueda alcanzar una posición de rentista gracias al esfuerzo de sus antecesores. No se considera legítimo que el esfuerzo pueda ser transmitido ya que es privativo de quien lo realiza, y resulta del todo incoherente que nadie tenga garantizada renta ni trabajo alguno y eso sí pueda estarlo por herencia. Todos los herederos gozan de la garantía de oportunidades, y a ellos tampoco se les puede garantizar el resultado. La materialización práctica adoptada por la generalidad de las comunidades se basa en aceptar que una persona sí pueda heredar un cierto grado de bienestar, pero no más allá.

La transformación que ha retornado la riqueza a una posición armónica está prácticamente culminada, sin embargo, el nuevo propósito, en sus momentos iniciales, planteó un conflicto con quienes en aquel momento disponían de grandes fortunas. Un conflicto que podía parecer irresoluble y que también abarcaba a aquellos que hacían de la especulación su método para lograr enriquecerse. Fueron diversas las circunstancias que se dieron cita para encaminar la cuestión. En primer término el despertar de la conciencia tenía un carácter absolutamente transversal y por lo mismo alcanzó a personas con gran poder económico, para ellas resultó relativamente sencillo encaminar su actuación en el sentido demandado por la transformación. El consumidor consciente también lo fue respecto a los productos financieros, de forma que muy buena parte del poder económico previo se redujo sensiblemente cuando los depósitos y pequeñas inversiones de millones de ahorradores se desplazaron hacia destinos éticos. Toda la economía universal se transparentó cuando, sin tardar demasiado tiempo, se erradicó el concepto de paraíso fiscal, de modo que los flujos económicos y financieros quedaron sujetos a la observación y control de las haciendas estatales. En esa misma línea, la implantación de sistemas fiscales progresivos especialmente concienciados ante la gran riqueza, supuso el paulatino desgaste de las fortunas desproporcionadas que finalmente se vieron sujetas a las restricciones del derecho de herencia.

El poder económico y financiero que se declaró contrario al avance, se situó en el mismo plano que aquellos poderes políticos que también lo hicieron. Con su acción lograron como ellos retrasos temporales y que algunas gentes tuvieran que protagonizar actos excepcionales, pero no lograron alterar el sentido de la historia.

El Sistema Financiero

En los Nuevos Tiempos el papel y función social de los bancos se dirige a una misión esencial: canalizar el ahorro y ofertar crédito a las personas y empresas, sin que puedan proveer, en la práctica, de mayores servicios financieros y en cualquier caso ninguno vinculado a la idea de especulación. Asimismo, la actuación de los bancos es controlada permanentemente por un Organismo Regulador de Mercado.

Los Bancos siguieron de forma más o menos rápida la misma trayectoria que el conjunto de las empresas. Sus usuarios reclamaron de ellos comportamientos éticos y garantías de seguridad, esto proporcionó oportunidades a algunas entidades mientras que las nuevas exigencias resultaron insalvables para otras. Una vez más, el mercado operado desde la conciencia de las personas consumidoras demostró un enorme poder para que todos los agentes intervinientes se adecuaran a sus exigencias. En la medida que el componente especulativo dejó de formar parte de la práctica bancaria, su conexión con el conjunto social mejoró notablemente y por lo mismo, su función fue mucho mejor entendida y aceptada. Quedó claro que el Sistema Financiero formaba parte del todo social y se encontraba a su servicio, por tanto, lo que hacía no podía llevar nunca a una extraña polarización en la que parecía que era el todo social el que le servía a él.

Lo sucedido con el Sistema Financiero pone especialmente de relieve la profundidad de lo aportado por la transformación en el ámbito económico. El Sistema Financiero se articulaba sobre la satisfacción del lucro individual, tan ilimitado como fuera posible. En el momento en que se demandó al banco que el lucro individual coincidiera con el bien común, limitando conscientemente el beneficio, la oferta del sistema basado en el lucro individual colapsó, ya que no tenía más que ofrecer que maximizar el beneficio individual sin construir nada en absoluto, y lo que la persona quería era justamente orientar a la mejora de la construcción de su comunidad su beneficio individual.

Por Marià Moreno/ Socio Director de Building Communities y autor del libro Construir Comunidad.

>> Parte 4 de 5. El Estado

 

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